Recuerdo ser una pequeña niña, de esas que inventaban juegos rápidos y trataban
de pasársela bien todo el tiempo. Jugaba con cualquier cosa, en
fin me entretenía fácilmente. Uno de los juegos que arme, lo
sigo jugando hasta el día de hoy. Me sentaba en el auto, de
noche, una tarde, o de día. Siempre que estén los faros de la calle
prendidos, este juego se podrá realizar. Sentada en el asiento de
adelante o de atrás.. miraba por la ventanilla delantera, por donde el
conductor del auto, el que maneja, miraba para poder conducir. Empezaba
mirando un faro desde lejos, y la condición, era que el faro no podría dejar de
alumbrar mi camino nunca, obviamente siempre lo hacia, siempre
lo pasábamos de largo. Yo siempre tenia que ver el faro, hasta
que mi auto pasaba por debajo, en ese momento lo perdía de vista. Pero
mientras tanto, cuanto mas nos íbamos alejando, mas me acercaba hacia
la ventanilla para seguir viéndolo y no perder el juego, era una
maldita obsesión. Creo que es parecido a nuestros buenos momentos, a
nuestras felicidades. Siempre tratamos de estar felices, de que la
luz ilumine nuestro camino,. No existe la felicidad duradera. Siempre vamos a
perder en el juego, es una maldita obsesión. Eso es lo que
entienden todos. Todos los saben. No existe la felicidad duradera, no lo hay ni
la habrá. Nadie le presta atención a esto, se excusan con un: 'no
es difícil aceptarlo' y vuelven a empezar. y a empezar, y a empezar.
1, 2, 3. Todos saben que van a perder, y aún así, siguen intentándolo. Y
es más, lo saben tan de memoria, que a veces, cuando creen
que su momento de felicidad acabó y comenzaron sus problema otra vez, todavía
la luz sigue alumbrando, y ellos parecen estar ciegos.
Con el tiempo me di cuenta de dos cosas:
Primero, cuando yo dejaba de ver la luz del faro, en realidad, estaba
alumbrando mi auto por arriba, aunque yo no la viera.
y segundo, olvidé revisar la ventanilla
de atrás.
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